Vaguedad. Bertrand Russell
Helena Ciaurriz
El propósito de Bertrand Russell en su ensayo es, como él mismo dice, “probar que todo lenguaje es vago y que por lo tanto mi lenguaje también lo es”. El ejemplo característico que se emplea con mayor frecuencia para explicar qué es un término vago es el de la palabra calvo: de muchos hombres se dice que son calvos, unos realmente lo son pero otros no. Han ido perdiendo el pelo poco a poco, uno a uno. Por tanto, parece que la pérdida de un pelo en concreto fue la causante de que se convirtiera en un hombre calvo (se ve que es absurdo). Esto sirve de marco para reflexionar sobre algunas cuestiones.
En primer lugar, considero que el hecho de que el lenguaje sea vago no debe llevar a pensar que no se puede hablar con verdad, es decir, a concluir que lo que decimos es falso. Por el contario, este descubrimiento puede servir para darse cuenta de que no se puede expresar lo que las cosas realmente son y, por consiguiente, para hacerse cargo de la inefabilidad de lo real.
Pienso que esto se puede compara con la experiencia que se tiene cuando se sabe que dentro de unos días se verá a una amiga, o a un familiar o a la propia madre por ejemplo y, por tanto, se piensa en ella, en lo que me contó la última vez, en lo que pienso sobre eso y en lo que le quiero comentar acerca de ese asunto. Cada uno puede afirmar también que por fin se va a explicar con claridad en un asunto determinado que quiero compartir con el otro pero que nunca logra hacerlo bien. Posteriormente, cuando se está conversando, uno se da cuenta de que no es tan fácil o que quizás no es posible: en la cabeza y, sin ruido de palabras, todo tenía claridad pero a la hora de expresarlo faltan expresiones y palabras que encajen exactamente con lo que se quiere transmitir. A mí esto me ha llevado a caer en la cuenta de algo obvio pero que me ha entusiasmado: creo que esto es así porque las palabras son constructos que elaboramos y que no pueden llegar a aprehender a la realidad que está ahí para ser nombrada. Si se pudiera mediante conceptos plasmar la riqueza de la realidad de manera precisa y exacta sería cuestionable dicha riqueza.
Por otra parte, esta primera consideración no debe ir tanto en detrimento de las palabras o del lenguaje, sino a favor de la realidad. Reflexionando sobre esto me acordé de unos versos de Antonio Machado: “Dicen que el hombre no es hombre mientras que no oye su nombre de labios de una mujer. Puede ser”. Indudablemente Machado se referiría con esta letrilla a aspectos mucho más profundos de los que yo vaya a extraer pero a mí me sirven para pensar: el valor de las palabras y del lenguaje es excepcional. Es cierto, que no pueden hacer presente, traernos o mostrarnos por completo la realidad pero a su vez lo hacen en la medida del conocimiento humano (nunca vamos a conocer por completo lo que las cosas son). En este caso, el hombre nunca va a saber absolutamente quién es él, pero escuchar su nombre de labios de una mujer, en este caso, puede hacerle descubrir esto según los límites del conocimiento humano
Asimismo, uno se puede preguntar qué es exactamente lo que es vago: las palabras, la realidad, el conocimiento…Russell deja claro que no se puede hablar de vaguedad fuera del ámbito de la representación.. A mí esta consideración me ha recordado al teatro: cuando un actor encarna un personaje que realmente existió debe estudiar adecuadamente cómo era su personaje, su carácter, sus gestos, su tono de voz…La persona que interpreta hace visible a los demás al personaje. El artista podrá ser más o menos preciso, adaptarse en mayor o menor medida pero esto es cuestión de su capacidad para saber plasmar algo inmodificable como es la personalidad del personaje que interpreta. Para mí esto hace comprensible que admitiendo, como antes he dicho, la riqueza del lenguaje exista también vaguedad en los términos. En este caso el artista (las palabras), tiene que presentar a los demás un personaje muy superior: la realidad. Se parece a la ardua pero apasionante tarea que emprendía el escultor Miguel Ángel, el cual se encontraba ya la obra de arte en la piedra o mármol que iba a esculpir. Él, como las palabras o el lenguaje, debía presentar lo que ya estaba.
Por último, el ensayo de Bertrand Russell sobre la vaguedad, me llevó a reflexionar sobre la utilización de algunas palabras: conocer, amar, saber… Nunca se puede saber a qué hacen referencia exactamente cuando las dice otra persona. Guiada por la concepción de Machado de la irreductibilidad de cada persona y siendo consciente de la influencia de la filosofía de Bergson en su obra encontré estas palabras con las que quiero terminar: “Cada uno de nosotros tiene su manera de amar y de odiar, y este amor y este odio, reflejan su personalidad entera. Sin embargo, el lenguaje designa estos estados por las mismas palabras en todos los hombres”.
Y concluyo con una idea que he pretendido que jalonara el texto: gracias el lenguaje y pese a su no completa precisión podemos ver reflejada aun con sombras la realidad.